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martes, 26 de octubre de 2010

RELATOS MÍOS 1

     Erika me observa. Creo que en su mirada hay ansiedad y preguntas. La imprecisa y palpable angustia de no saber lo que va a ocurrir en las próximas horas, en los próximos días. La pregunta esencial sobre la supervivencia. El futuro comprometido de nuestro hijo de apenas un año, Wolfgang. Erika reposa en un sofá medio arruinado. Delante de un piano, en el que acabo de interpretar a Schumann, contemplo, quieto y silencioso, a mi mujer y, a un par de metros, al niño arrebujado en una manta, sobre la mesa, dormido y ajeno, una vida delicada y tierna, felizmente inconsciente.

     Me gusta pensar que en los ojos claros de Erika se transparenta el amor, hacia mí y hacia el niño. Lo creo así porque tengo sobradas pruebas y porque es el único asidero, la sola razón en que apoyarme en esta guerra, mientras a lo lejos se oyen explosiones y un vago pero terrorífico vuelo, quizá de bombarderos soviéticos (entre otras razones, porque la Luftwaffe ya no existe). Puede parecer una frase trivial, de una sentimentalidad fácil, pero nuestro amor es el único terreno firme en que pisar mientras el mundo se deshace a nuestro alrededor. Como puede que ya no exista esa Italia a la que fuimos en nuestro viaje de novios, un año antes de la guerra, cuando yo aún creía ciegamente, con la pura claridad del fanatismo, en Dios y en Alemania. Aquellos días de felicidad en la campiña lombarda, que ahora me parecen inverosímiles, aunque frescos y reales en mi memoria, como si todavía pudiera acariciarlos. Un día fuimos al campo e hicimos el amor, con ternura y sin prisas, con unos movimientos quietos y extasiados, y después nuestras miradas se perdieron en la blanda oscilación de un trigal mecido por la suave brisa italiana. ¿Qué habrá pasado con ese trigal? Puede que ahora sea un terreno yermo, estéril, olvidado de los hombres. Y que Europa se haya transformado en una gigantesca nada.

     Ahora sólo tenemos los momentos de un presente que se basta a sí mismo, cuando la palabra futuro carece de significado, de realidad. Sólo momentos, como hace unos minutos mientras yo tocaba al piano, suavemente, para no despertar a Wolfgang, una pieza lentísima y elegíaca, de una tristeza solemne y arrasadora, y Erika me miraba emocionada, y  me parecía aún más hermosa que la música... Tal vez la belleza (y la felicidad) se nos muestre más profunda y sublime cuando va acompañada de una atmósfera de melancolía, consciente de su escasa duración, de su fugacidad, tal si previéramos que algún día la añoraremos, que en el futuro sentiremos su ausencia como un dolor. Y en la expresión de Erika creo ver los mismos sentimientos, de pérdida y nostalgia, que me hacen temblar. Pero acaso los pensamientos que atribuyo a mi esposa son fruto de mis deseos que fantasean, queriendo que ella piense lo mismo que yo.

     La realidad se impone. Ahora lo urgente es continuar nuestra huida, no caer en manos de los rusos, y, con suerte, llegaremos a la pequeña ciudad donde vivíamos, cerca del Rin, y tal vez algunos familiares y amigos hayan sobrevivido a esta guerra que ya parece terminar, y podamos olvidar y reconstruir nuestras existencias. Puede que los vencedores me hagan pagar por mis actos, por mi pasado de nazi convencido. Las cuestiones morales son siempre difíciles de sustanciar. En mi beneficio, quizá el hecho de que en las últimas semanas deserté del ejército, hastiado de todo, para reunirme con mi mujer y mi pequeño, lo que me convirtió, a mis propios ojos, en un cobarde y un traidor a todo en lo que había creído. Mas no quiero engañarme. Lo que me suceda será justo, pues soy culpable. Antes dije que la palabra futuro carece de significado, de valor. Para no perder todo sentido, toda confianza en la vida, quiero consolarme pensando que habrá alguna clase de esperanza, no para mí, pero sí al menos para los azules e inocentes ojitos de mi pequeño Wolfgang.

                                                    



                                                                    (11,12 -X-2005)

                                                      
                                                            ********** 


      Y te levantas en la habitación de ese hotel, discreto establecimiento de dos estrellas, relativamente céntrico en la ciudad extraña, para cumplir el trabajito que tienes que realizar, ese encargo bastante bien pagado por el señor Guevara, una higiénica y limpia eliminación de un tipo, bastará un disparo a media distancia y no habrá muchos problemas pues tienes todos los datos e informes precisos, incluyendo varias fotografías del individuo, y su nombre, Juan Luis Gallardo, y conoces sus rutinas, lo que hace todos los días, y los sitios por donde se mueve, el bar un tanto sórdido en el que trafica con sus trapicheos, el restaurante barato donde suele comer al mediodía, siempre entre las dos y las tres, y piensas que será un trabajo fácil, más que otros, sobre todo cuando empezaste en esto y todavía no tenías callo y aún sentías la boca seca y un ligero temblor en la mano con que sujetabas el arma antes de disparar, y, alegre, optimista, recuerdas que ya tienes casi decididos el momento y el lugar, y la manera de escapar rápidamente, siempre el bendito factor sorpresa, y la muchedumbre, esa gente que suele ser estúpida y cobarde, mejor dicho, son sensatos, y nadie se va a meter donde no le llaman, y qué si un disparo, y un hombre que se derrumba, envuelto en su propia sangre, y esa gente se asusta y empiezan a gritar y a pedir auxilio y que si hay que llamar a la policía, y tú ya estás cómodamente lejos a salvo, inocente como un bebé recién nacido, apartado de todo, puro en otro lugar y otro tiempo, nadie te podrá relacionar, ha sido limpio e higiénico, su familia quizá lo sienta una temporada, pero no mucho más, y tú habrás ganado un buen dinero y un hijo puta menos y tu jefe satisfecho y agradecido y dentro de cien años todos calvos y nada importa demasiado, y después de estas reflexiones sobre la moral del crimen (del crimen en general, como costumbre infinita), un poco cínicas, todo hay que decirlo, pero sinceras, sales a la calle, en esta tibia noche de primavera, y te diriges a tomar algo a un pub que está agradablemente al lado del hotel, para hacer tiempo y leer algún periódico, a ver si sale algo de los negocios del señor Guevara, la eterna cantinela de la especulación inmobiliaria en la Costa del Sol, y los asuntos turbios, y las mafias, y piensas en lo divertido que, bien mirado, es todo esto, y que las autoridades no se enteran de nada o no quieren enterarse, y en que a veces hay que hacer un trabajo sucio y para eso estás tú, para avisar a alguien de que no debe seguir con lo que está haciendo, y para lograr ese objetivo, de momento eliminaréis a ese camello de medio pelaje, el tal Gallardo, esperando que sus jefes se den por enterados y se avengan a un acuerdo para que todos ganen dinero, sin problemas, y se sigan edificando bonitos bloques junto a la playa y no haga falta poner más fiambres sobre la mesa, y entras en el pub y pides una caña a la juvenil y encantadora camarera, y entonces la observas, no a la camarera, sino a esa chica sentada junto a una mesa, una chavala de cortar el aliento, con su oscura melena larga, lacia y brillante, y unos ojos negros y profundos, y aprecias el conjunto que viste, formado por una especie de top con chaqueta y unos ceñidos pantalones, todo ello como de cuero negro, y echa hacia atrás la cabeza y te mira y aparta los ojos pero sólo para volverte a mirar, ya de una manera intencionada y sostenida, y tú sonríes, y ella hace una mueca con la comisura de sus labios, que también podría interpretarse como una sonrisa irónica, y te vas a acercar, y empezáis a hablar, y parece muy segura de sí misma, y su voz es firme, una mujer con experiencia, simpática, se ríe con tus chistes, te pregunta si eres de la ciudad, si estás casado, la invitas a tu habitación del hotel mientras le acaricias levemente el cuello, y ella responde cogiéndote la mano y rozando sus rodillas con las tuyas y piensas qué suerte, ir a ligar con esta tía, que está buenísima y tiene un morbo, y además hay tiempo de sobra, suena la hora de la carne y el placer, mañana será la de la muerte y el crimen, y salís del pub, tú ya imaginando su cuerpo, y, justo al llegar a la puerta del hotel, ella, de repente seria, acerca su rostro, y la besas y sientes un sabor a tabaco y a chicle, y compruebas que su lengua y labios son dulces, eficaces, conocedores, y el deseo te anega y se hace urgente, y subes con ella a la habitación, a lo mejor es una puta, pero qué más da, en cualquier caso tiene clase y es excitante, y, mientras os seguís besando, cada vez con más ardor y profundidad, vais hacia la cama y entonces ocurre lo que debe ocurrir y un caballero nunca puede rebajarse a contar, y después de un rato, quizá una hora, estáis satisfechos, desnudos y silenciosos, y fue aún mejor de lo que pensaste, y te levantas de la cama y vas hacia el armario para coger un mechero y te vuelves y entonces es cuando en los ojos negros de ella notas una mirada fría y extraña, y te sorprendes, y de repente empiezas a comprender, sobre todo cuando te das cuenta de que ella empuña un revólver, que ha salido no sabes muy bien de dónde, y ves que te apunta con él, y que todo era demasiada casualidad, y que has caído como un novato, un principiante, y llegarás a sentir cómo aprieta el gatillo y hace fuego, limpiamente.


                                                                               (3-XI-2005)

                                                       **********

     Logroño, depositada suavemente sobre el valle tierno, fértil. Discreta y un tanto anodina ciudad, como un objeto ni descaradamente hermoso ni particularmente feo, quieta en la fijación de sus parques y calles, pequeño ser vivo tranquilo y adorable. Puede pasar fácilmente desapercibida


     Ciudad de mi infancia, de mi juventud, de mi presunta madurez, por tanto sería mejor decir la capital de mi vida, lo que le presta ese barniz sentimental y entrañable que poseen los amigos de toda la vida o las mascotas que nos han acompañado durante años.
     Mi Logroño es el toda la vida, el de toda mi vida. El del casco antiguo, con sabor y olor a vino y piedras viejas. Ese Espolón que fue espacio de mi niñez, cuando iba con mi madre y perseguía a las palomas, repitiendo un dulce rito que continuará mientras existan niños, palomas y Espolón. La Redonda, que a veces parece exudar la luz de los atardeceres, con sus torres plagadas de esculturas, huecos y laberintos (al menos así me impresionaban cuando era un mocoso). La Glorieta, convertida ahora en trampa para tobillos, gracias a una pavimentación discutible. Y, en fin, mi casa, el piso donde he ido envejeciendo y en el que me dedico a vivir, confortablemente pasivo, en un tiempo frenado y casi estático, y a recordar las felices épocas que ya sólo en mi memoria permanecen y duran.

                                                                           (20-X-2005)

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