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domingo, 31 de octubre de 2010

Cuento "ESCRITOR CIEGO"

     Tybor Breyer, el célebre escritor húngaro, espera en su despacho. Vive solo en su chalecito a las afueras de París, salvo por la presencia en las mañanas de una asistenta y la cotidiana visita de su secretario, que en los últimos veinticinco años ha sido mucho más que un secretario: se ha convertido en sus ojos, para escribir y leer, sobre todo para leer, para leer... Ciego desde que era muy niño, no tiene problema para moverse en la casa, que conoce a la perfección. Llaman a la puerta y Tybor acude. En efecto, es la periodista con la que se había citado para una interviú que será publicada en una revista de divulgación literaria.

     La conduce a su despacho (no deja de ser una ironía, que sea él quien la guíe). La periodista tiene una voz joven, agradable, que revela firmeza o decisión. Se sientan cómodamente y ella saca una grabadora. Empieza la entrevista, pronto surgen las tópicas referencias de rigor: Homero, Milton, Borges, los ciegos en Sábato... Cómo crear un mundo con palabras, mas sin luz, sin colores, sin formas visibles (pero con las propias palabras: luz, rojo, azul, blanco, sombras, tinieblas, claridad...). Cómo poder leer por medio de otros ojos y las dificultades que ello conlleva (el braille siempre le ha resultado insuficiente). Tybor recuerda, de sus apenas tres primeros años de vida en los que todavía pudo ver, la impresión confusa de lo que fue la luz, ciertas intuiciones de colores, pero todo ya muy vago, se fue perdiendo con el tiempo, y ahora el escritor ya no sabe si lo que recuerda fue realmente así o es fruto distorsionado de su imaginación. Sigue la conversación, sobre su exilio de Hungría, huyendo de la asfixiante sovietización, su llegada a Francia, sus amistades con Claude Simon, Perec, Kundera. Su reiterada candidatura al Nobel, su estilo, típicamente centroeuropeo en sus comienzos, una mezcla de Joseph Roth, Musil y Broch, para, en Francia, hacerse más expresivo e incorrecto, por la influencia de Céline (que le enseñó el placer literario del exabrupto, las posibilidades del grito...), pero conservando siempre un cierto tono elegante, aristocrático, que le emparenta con otro exiliado, Márai.

     Le gusta la voz de la chica. Parece inteligente, se ve que conoce su obra, emite juicios atinados que son personales, originales, no consecuencia de lo que ha estudiado o leído sobre él. Poco a poco la conversación se va haciendo más relajada, menos formal. La chica empieza a reírse, Tybor se atreve a gastar bromas. De repente, una idea acaso inverosímil cruza por la mente del escritor: ¿están coqueteando? Empieza a sentirse atraído por esa voz, por esa risa. Entre los huecos o puntos muertos muertos de las preguntas y respuestas, Tybor nota en sí que está surgiendo un deseo por la periodista. Está en una época en que ya no se acuerda del amor, apenas del sexo. Piensa en la única novia que tuvo, que poseyó, a los veinte años, todavía en Hungría. Recuerda cómo la abandonó, no quería ser una carga, arruinar la vida de una joven adorable. Y aun con todo la sensación, que nunca pudo neutralizar, de que en realidad el cariño de ella no era amor, sino afecto o compasión. Siempre aquella duda corrosiva. Después, ya en Francia, sólo conoció sórdidas historias de sexo pagado, de las diversas y casi infinitas formas en que puede ser pagado.

     Tybor piensa en el amor de los ciegos, si puede ser más puro, al no contar la belleza física, si ellos se enamoran del alma de las chicas, de las voces y de las palabras, de los tonos y las músicas de las conversaciones, de dos cuerpos que se pegan el uno al otro... En cierto modo el proceso es inverso al de los que ven, que suelen ser atraídos en primer lugar por la materia, la forma, para pasar luego, en el mejor de los casos, a lo “espiritual”. Pero los ciegos desean antes el alma, poseer la feminidad, y sólo después llega la explosión física, el deleite del tacto, del sabor, el éxtasis de la unión. Ya se lo dijo, medio en broma, un amigo, con frase brutal: “vosotros los ciegos, al hacer el amor, penetráis antes un alma que un cuerpo”. Para los ciegos la palabra “belleza” tiene otro sentido. Acaricia la divertida y poética idea de que el sexo para un ciego tiene algo de fantasmal, de poseer el vacío que es un cuerpo que nunca podrá ser conocido en su plenitud.

     Medita en si él atraerá a la periodista. Nunca ha tenido muy claro cómo es su propia presencia física. Algunos amigos, y su antigua novia húngara, le dijeron que era bastante apuesto, alto y de facciones regulares, de mandíbulas marcadas, pero Tybor jamás ha podido saber si tales juicios eran sinceros o fruto de la buena voluntad de los que le conocen. Ahora, con casi sesenta años, ¿podrá ser suficientemente atractivo para la periodista? Una señora le comentó hacía poco que se parecía a Mario Vargas Llosa, que siempre ha tenido fama de hombre guapo. A él únicamente le interesa que la chica sea estilizada, de alargadas formas, sutiles al tacto. Con sarcasmo, piensa que sus exigencias son modestas.

     Su mente vuela en un momento a la pornografía. Siempre le ha intrigado. Los hombres se excitan con revistas y películas porno. Él, por contra, se estimula recordando una voz o un tacto. Aparte, por supuesto, la pornografía literaria: Sade, Bataille, Apollinaire... Pero claro, él nunca ha conocido un escritor pornográfico ciego... si se dedicara a tal género, acaso fuera un innovador...

     Mientras sigue respondiendo a las preguntas, hace un esfuerzo de imaginación para figurarse a la simpática periodista, o mejor para crearla, cómo le gustaría que fuera: piensa en cómo será su tacto, suavísimo, de carnes perfectas y homogéneas. Piensa en sus labios, en él besándola, las dos lenguas combatiendo con delicadeza, o estrechándose con pasión. Imagina sus propias manos recorriendo con lentitud las esferas de cálida carne, firme aunque algo temblorosa, de sus senos y nalgas. Y las manos de ella, de escasa fuerza, acariciándole con artificios nuevos e insospechados. Imagina el olor un poco picante, atrayente y repulsivo a la vez, de las axilas y del vientre, el sabor de los pezones, como de leche cortada o amarga, puede que sea inverosímil, pero son los caprichos de la mente, o mejor, los derechos de un escritor ciego, el poder sin límites de la literatura... Otra idea: la sensualidad de los ciegos, ¿tiene algo de pervertida?

     Termina la entrevista. Acompaña a la chica a la puerta. Se dan la mano, será su único contacto. Es una mano firme, parece que tiene predomino de los huesos sobre la carne, es delgada, de una tibieza casi fría. Nada más, sólo dura unos segundos. Ella se marcha. Él la ha invitado a que se pase otro día, pero tiene la confusa intuición de que no la verá más. Que no la verá, son las ironías del lenguaje... Tybor se encuentra excitado, tanto física como artísticamente. La cita ha sido, pues, provechosa, puede que escriba algo... Coge el teléfono y llama a su secretario, a quien ruega que acuda con urgencia...

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