vídeos ópera

Loading...

domingo, 31 de octubre de 2010

Cuento "EN LA LIBRERÍA"

                                                 EN LA LIBRERÍA

     Entré en el ámbito, que tan familiar me resultaba, de mi librería favorita. Me fijé en ella casi inmediatamente, quizá por su pelo rojizo, poco frecuente entonces en esta  ciudad española, o por la singular claridad y limpieza de los rasgos de su cara, fina y discretamente dispuestos alrededor de los ojos grises, como queriéndolos resaltar y proteger a un tiempo, o por un aire a la vez ingenuo e insolente, o por todo ello, además de por algo que aún hoy se me escapa. El caso es que me dio la absurda sensación de ser norteamericana, estadounidense, la típica chica de comedias de y para adolescentes, igual de atractiva que ellas en lo sensual, pero con un toque añadido de poesía y misterio (si no son lo mismo misterio y poesía), una de esas jovencitas liberalmente modernas, hijas de la revolución sexual, el cine y el cannabis, pero que aún conservan, en los recovecos de su formación, un halo puritano y prejuicioso.
   
     -Oye, ¿qué me dices de esa chica? ¿Suele venir por aquí?
    
     El librero me miró con cierta ironía bienhumorada, notablemente sin asombro. Es un hombre mayor que yo, de unos cuarenta años, con el que mantenía y mantengo una de esas amistades superficiales, y por eso mismo más sólidas, que suelen iniciarse como meras cortesías originadas por los tratos comerciales, pero que se profundizan  gracias al tiempo, a la frecuencia de los encuentros y a ciertos intereses comunes de carácter literario.
    
     -La he visto un par de días por aquí últimamente. Es guapa, ¿verdad?
    
     En ese momento, para disimular, cojo un libro de un estante y me pongo a hojearlo. Son los relatos de cierto escritor sureño norteamericano en los que, al azar, encuentro algunas frases interesantes o curiosas, por ejemplo: “Lo que llamamos realidad acaso no sea sino la huella que nuestros sentidos producen en la mente”, “Somos estúpidos porque somos inteligentes”, “Característica de los seres humanos es que a veces pueden elegir sus propias locuras” y otras similarmente discutibles y brillantes.
    
     Pero lo que me deja estupefacto es un breve cuento, de apenas cinco páginas, con el que doy hacia la mitad del libro. Sin casi darme cuenta, lo empiezo a leer, y es la historia de una muchacha de Atlanta, de su vida marcada por una infancia infeliz bajo el mando tiránico de unos padres severos, tristes e inflexibles. Relata sus primeras y sórdidas experiencias amorosas o sexuales y cómo, posteriormente, gracias a una beca, pudo escapar de su familia y de su patria, cual Joyce femenino, reencarnado y estadounidense. Decide ir a estudiar a España, y, aquí comienza mi vértigo, a una pequeña universidad de una pequeña población, Logroño. Sí, inesperada, sorprendentemente, acabo de leer el nombre de mi ciudad, en la que estamos en esta recogida y acogedora librería, y al final del relato se nos describe a la protagonista, y resulta extraordinariamente parecida a la que está a unos pasos de mí, hojeando un libro que tal vez contenga mi propia historia, mi vida.

     Debido a esa timidez que tantos buenos servicios me ha prestado (es una ironía y, al mismo tiempo, no lo es) y al estado atónito que me ha producido el doble hallazgo conjuntado (el de la chica y el del libro) dejo que la joven abandone la librería. Lo hace en silencio, sin haber comprado nada. El librero me observa, con cierta expresión compasiva. Deposito en su lugar, con un miedo vago, impreciso, el volumen que en algo ha cambiado mis conceptos del azar, de la realidad, del amor y del poder casi omnímodo de la literatura. Pienso que mi amigo librero quizá se haya dado cuenta de que he pasado demasiado tiempo leyendo en ese libro para al final no adquirirlo, pero no importa mucho, hay confianza. Además, le voy a contar, ahora mismo, una imposible y casi borgiana historia sobre una linda muchacha pelirroja y una obra poco conocida de William Faulkner.

                                                                            (Marzo 2004)

No hay comentarios:

Publicar un comentario