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domingo, 31 de octubre de 2010

Cuento "NOBLES DECADENTES"

     Me levanté temprano, pues debía acudir a una reunión, invitado por los duques de Saint-Aymour. Si he de ser sincero, no tenía muchas ganas, me encontraba en una de esas épocas en que mi voluntad casi no existía y me dejaba llevar por una dulce indolencia y una exangüe laxitud general poco propicia al contacto humano y a complicarme la vida con nuevas relaciones que normalmente obligan a perder días en vanas reuniones estériles, en las que sólo se habla interminablemente, se come, se fuma y se escucha algún pequeño recital de piano o canto, todo ello envuelto, aderezado, en exquisitas maneras encantadoramente hipócritas, aunque no exentas, en ocasiones, de cierto placer vulgar hallado en las habladurías y el chismorreo sobre algunas personas que habitualmente desconozco por completo.

     Así que me puse mis mejores galas, ayudado por mi criado James, fiel y educado servidor de intachables modales y presencia, hombre religioso, conservador, modelo de tacto e infinitamente discreto, que, con su origen anglosajón, parece una perfecta copia de esos personajes que en el cine suele clavar sir Anthony Hopkins, en especial en esa maravilla que se titula “Lo que queda del día” (¿o es “Los restos del día”?, siempre confundo el título de la película con el de la novela).

     Llegué a Nueva Manderley un poco antes de la hora de comer. La invitación hablaba vagamente de que era esperado ese día por la mañana, así que supuse que la hora en que llegué era adecuada. La mansión había sido bautizada de forma un tanto literaria y pedante, como se pude ver, por quien la mandó construir a principios del siglo XX, un acaudalado hombre de negocios santanderino, acaso con ínfulas aristocráticas y tendencias anglófilas. En efecto, Nueva Manderley imitaba conscientemente a las excelentes edificaciones decimonónicas que suelen verse en la campiña inglesa, en estilo seudoclásico, rodeadas de esos parques o jardines de carácter romántico, con gruesos y venerables árboles retorcidos, esparcidos aquí y allá de manera aparentemente azarosa, pero que no dejan de ser un artificio perfectamente calculado, junto a los caminos laberínticos y descuidados y a la profusión de rocas, helechos, arbustos, todo exhalando humedad y verdor, para convertirse en un paisaje que parece pedir a gritos la presencia vaporosa de brumas y fantasmas.

     Y con todos estos requisitos cumplía sobradamente Nueva Manderley, emplazada en una suave colina, próxima a una carretera secundaria poco transitada, en un agreste lugar de Cantabria cercano a la provincia de Burgos.

     Tras bajarme del coche, enfrente de la entrada principal, pude comprobar que, casualmente, ahí estaba, conversando con un criado, el actual poseedor de la mansión, y mi anfitrión, el duque de Saint-Aymour. Aristócrata francés cuyos negocios, y sobre todo su matrimonio con una joven santanderina de acomodada familia burguesa, le habían llevado a establecerse definitivamente en España desde hacía más de veinte años. El duque, Charles de nombre de pila, era un caballero alto y más bien enjuto, de unos cincuenta años, de pelo ya muy canoso largo, un casquete cuidadosamente peinado hacia atrás, y vestía de modo notablemente informal, pero siempre con algún detalle de buen gusto, algo anticuado, como símbolo modesto de su condición noble. En esta ocasión portaba una camisa blanca con unos pantalones vaqueros, mas al cuello, rodeándolo con suavidad, llevaba un pañuelo como de seda con vivos colores, quizá un poco demasiado decadente.
     El duque me recibió con cálido afecto y me invitó a pasar. Era la tercera vez que visitaba su casa, y siempre me impresionaba la decoración del recibidor y de las habitaciones espaciosas. Con un cierto horror vacui, por todas partes se podían apreciar exquisitos objetos, cuando no obras de arte, con un lujo como de museo habitado y cotidiano, concedo que algo ampuloso, pero indiscutiblemente llamativo. Mi relación con el duque venía de un par de años atrás, cuando me contrató para que le hiciera un retrato, de cuerpo entero, al óleo. Y ahí, en el salón principal, encima de la chimenea, estaba mi obra, de estilo deliberadamente desfasado o arcaizante, de hecho me había inspirado en la técnica de Sargent o de los Madrazo. En su tendencia a la monocromía, de grises perlados, quise rendir un pálido homenaje a Goya. En general, puedo decir que no me sentía demasiado satisfecho de él, pero era sólo un encargo, y fue bien pagado, y al menos lo pinté con dignidad, aunque fuera de un academicismo que ignoraba con orgullo toda la historia del arte del siglo XX.

     Y en una butaca del salón estaba sentada la hija del duque, Verónica, linda joven de 18 años más o menos, que junto a mí siempre parecía distante y misteriosa. Vamos, que no me hacía el menor caso. Su actitud conmigo podía tacharse de escasamente educada. Su apariencia, por otra parte, constituía una disonancia. Llamativamente moderna, vestía un descolorido blusón holgado y una minifalda vaquera. Cubría sus delicadas y aún no formadas piernas con unas andrajosas medias moradas, y su pelo era un revoltijo de mechones a trozos rubios y rojos. Acaso quería representar el papel de jovencita díscola, de oveja negra de la familia. Se limitó a saludarme como por obligación: “hola, señor ***, qué tal, ah, me alegro, bien, permítame que me retire”, y, sin darme tiempo a reaccionar, nos hurtó su encantadora presencia. La esposa del duque, y madre de la joven, estaba ausente, en Santander, de hecho se rumoreaba que prácticamente vivía separada de su marido, y que sólo la hija era el punto de reunión entre ambos.

      Tras la cena, hubo una entretenida tertulia, que nos sirvió al duque y a mí para conversar sobre Nietzsche y el Real Madrid, entre otros temas. Más tarde me dirigí al dormitorio que me había sido asignado para pasar la noche. Me costó conciliar el sueño, y sobre las tres de la madrugada tuve necesidad de beber un vaso de agua. Salí del dormitorio, que estaba en el segundo piso, y bajé para ir hacia la cocina, cuando escuché unas susurrantes voces en el salón. No pude reprimir la curiosidad y me acerqué. Descubrí que quienes hablaban eran el duque y su hija. Eran esas voces de cuando hablamos muy bajo y las palabras salen oscuras y como llenas de saliva. Capté algunas expresiones: “cariño”, “no podemos”, ”cuánto durará esto”, “pero te quiero”, “me amas, ¿no?”, “y el escándalo”... Me extrañó mucho todo y me asomé por la rendija de la puerta. Vi a Verónica en camisón, de pie en medio de la sala, y al duque en pijama, sentado. Ella, de repente avanzó hacia el cuadro, el retrato que yo pinté, e, inesperadamente, alargó con suavidad su brazo, posó su mano sobre la parte que correspondía a la cintura del retratado, y acercó su cara, sus labios, y sacó la lengua y mojó la tela con lentitud: su lengua brillante, incandescente aun en la distancia, sobre los pintados pantalones del duque. Entonces se volvió con violenta rapidez y, con una horrible expresión de alegría salvaje en el rostro, corrió hacia los brazos de su padre, quien se había levantado, y ambos se fundieron con una obscenidad y un deseo indescriptibles, y no quise saber más, ni ver más, por pudor, no tanto por moralismo, y me retiré a mi habitación sin beber siquiera. Ya no pude dormir en toda la noche. ¿Qué diablos significaba esa escena (aparte de lo evidente, el último tabú)? O mejor dicho, ¿por qué la habían efectuado precisamente esa noche? ¿Llegó Verónica a darse cuenta de mi presencia? ¿Fue todo una farsa, especialmente el numerito del cuadro, destinada a mí? ¿O era parte de un ritual secreto entre el padre y la hija, ceremonia que yo nunca podría comprender? Y tuve motivos para reflexionar sobre las costumbres insospechadas de algunas gentes llenas de estética y vacías de moral, o al menos de cierta moral (quizá su ética era la del puro deseo, el deseo como algo inocente). De modo sorprendente e imprevisible, mi sensación era de una extraña alegría, la de haber vivido unos de esos pasajes gloriosos y perversamente turbios que tanto nos encantan en las páginas de Proust.


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